En otra vida fui mamá de parrulín. En aquella vida
escribía entre pañales, carreras al cole, noches sin dormir y ese caos dulce
que solo entiende quien ha pasado por ahí. Durante años este rincón fue mi
refugio, mi desahogo y mi manera de sentirme acompañada. Aquí crecí como madre,
como mujer y como persona. Aquí me reí, lloré, aprendí y compartí más de lo que
nunca imaginé.
Pero la vida, que es lista, va mudándonos por dentro. Y un
día me di cuenta de que ya no era aquella mujer que escribía desde un piso
pequeño en una gran ciudad, rodeada de prisas y de horarios imposibles. Algo
empezó a moverse, bajito al principio, como un rumor. Y ese rumor era el mar.
El mar llevaba años rondándome, no siempre en voz alta, pero
sí con esa insistencia tranquila que tienen las cosas que saben que un día
volverás. Y llegó un momento en que ya no pude ignorarlo: la vida me empujó, el
corazón tiró fuerte y la ciudad dejó de ser mi sitio. Así que hice las maletas
y regresé a la casa de mis abuelos, frente al mar, ese lugar donde todo vuelve
a tener sentido.
Ahora vivo entre mareas e retrancas, acompañada por mi
familia, por dos gatos convencidos de que la casa es su reino, y por la
presencia suave de mi madre y mi abuela, que siguen aquí en cada detalle. En
cada piedra, en cada historia, en cada soplo del viento del norte.
Por eso este post es una despedida, pero también un abrazo.
Si queda alguien al otro lado de este blog —alguien que aún reciba estas
palabras sin esperarlas— quería contárselo yo misma: me he mudado de vida,
de casa y de blog.
Si queréis seguir acompañándome, ahora escribo desde un
lugar nuevo, más sereno, más mío, más salado. Un lugar donde sigo siendo yo,
pero distinta. Donde ya no soy mamá de parrulín, aunque siempre lo seré un
poco. Donde escribo desde la mujer que soy ahora.
Gracias por haber estado aquí.
Gracias por acompañarme en aquella vida.
En esta, sigo escribiendo… solo que frente al mar.
Antes mamá de parrulín, ahora Entre mareas e retrancas.
Sean buen@s y felices, y sigan navegando.
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